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El miedo también tiene organigrama.

20 oct
3 min de lectura

En algunas empresas nadie prohíbe discrepar. En ocasiones, simplemente nadie se atreve a hacerlo. No hay instrucciones escritas, circulares internas ni protocolos que establezcan qué puede decirse y qué conviene callar. No hace falta. Basta con observar qué ocurre cuando alguien contradice al CEO, cuestiona una decisión del Presidente o presenta información que no encaja con el relato oficial.


Las organizaciones aprenden rápido. Y sus directivos, todavía más. Un comentario despectivo en una reunión, una promoción que nunca llega, la exclusión inexplicable de determinados proyectos o una evaluación de desempeño que cambia misteriosamente después de una discrepancia. Son señales aparentemente pequeñas, pero extraordinariamente eficaces para transmitir un mensaje claro: puedes tener criterio propio, siempre que no incomode a quien manda.


El miedo no necesita imponerse, basta con administrarlo. Así comienza un proceso de deterioro organizativo que rara vez aparece en los informes del Comité de Dirección. Los profesionales más capaces descubren que, tener razón, no siempre compensa las consecuencias de expresarla. Y quienes aspiran a progresar, aprenden a interpretar los gestos, anticipar las reacciones y evitar las conversaciones incómodas.


Primero desaparece la discrepancia. A continuación, las malas noticias. Y al final, lo que acaba desapareciendo es el contacto con la realidad. Los directivos empiezan a seleccionar cuidadosamente qué información trasladan hacia arriba. Los problemas se suavizan, los riesgos se relativizan, los proyectos fallidos se presentan como aprendizajes y las decisiones cuestionables se justifican retrospectivamente. No hace falta mentir. Basta con aprender qué parte de la verdad conviene contar.


El CEO, rodeado de profesionales inteligentes, experimentados y aparentemente comprometidos, comienza a recibir una versión cada vez más confortable de la realidad. Paradójicamente, cuanto más poder acumula, menos información fiable recibe. Y cuanto menos le contradicen, más convencido está de la calidad de sus decisiones.


Hay una ironía particularmente cruel en todo esto, y es que algunos líderes interpretan la ausencia de discrepancia como una demostración de respeto, cuando en realidad puede ser una manifestación de miedo. Confunden obediencia con compromiso, silencio con alineamiento y unanimidad con liderazgo. Y lo más preocupante es que este comportamiento acaba convirtiéndose en cultura. Los nuevos directivos observan, aprenden y se adaptan. Los que discrepan demasiado terminan marchándose, voluntariamente o no. Los que permanecen descubren que la prudencia profesional consiste, en ocasiones, en no hacer determinadas preguntas.


Con frecuencia, este problema no termina en el despacho del CEO. También alcanza al Consejo de Administración, que puede convertirse en parte del mismo mecanismo cuando acepta sistemáticamente las explicaciones de la dirección, evita cuestionar determinadas decisiones o confunde la buena relación con el primer ejecutivo con la obligación de respaldarlo.


Cuando los propios Consejeros evitan incomodar al Presidente o al CEO, el miedo deja de ser un problema de liderazgo individual para convertirse en una deficiencia de Gobierno Corporativo. Y resulta difícil exigir pensamiento crítico a la organización cuando quienes tienen la responsabilidad última de supervisarla tampoco lo ejercen.


El resultado puede ser una compañía extraordinariamente disciplinada, con reuniones impecables, presentaciones convincentes, indicadores cuidadosamente seleccionados y una sorprendente ausencia de conflictos. Una organización en la que todo parece funcionar. Hasta que deja de hacerlo.


Un buen líder no es aquel que consigue que todos estén de acuerdo con él, sino quien construye un entorno en el que las personas pueden decirle aquello que preferiría no escuchar. Y un buen Consejo no está para preservar la comodidad de las relaciones personales, sino para garantizar que el poder ejecutivo esté sometido a un contraste real, independiente y exigente.


Por eso, la seguridad psicológica no se construye con declaraciones de valores, encuestas de clima o programas de formación. Se construye con evidencias, con comportamientos concretos, como son escuchar sin represalias, reconocer los errores, premiar el criterio independiente y evitar que la discrepancia tenga consecuencias profesionales negativas.


La verdadera cultura de una organización no se descubre preguntando si sus empleados pueden hablar libremente. Se descubre observando qué les ocurre después de hacerlo. Quizá por eso, cuando una compañía presume de tener un equipo directivo extraordinariamente alineado, convendría formular una pregunta adicional: ¿están todos convencidos o simplemente han aprendido que discrepar sale demasiado caro?


El miedo también tiene organigrama. Aunque sus consecuencias se manifiesten a todos los niveles, con mucha frecuencia empieza en el despacho más grande. Y cuando nadie se atreve a decirle al CEO que está equivocado, el problema ya no es solo del CEO. Es de todos los que han aprendido a callar.


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